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Del ateísmo al Islam: Jeremy Ben Royston Boulter (3)

Del ateísmo al Islam: Jeremy Ben Royston Boulter (3)

Del ateísmo al Islam: Jeremy Ben Royston Boulter (3)

Del ateísmo al Islam: Jeremy Ben Royston Boulter (3)

Autor: Jeremy Ben Royston Boulter

Un nuevo comienzo

Cuando mis amigos supieron que iba a irme al Golfo, me abrumaron con consejos. Me dijeron que no encontraría nada que hacer en Arabia Saudita, y que me sentiría asfixiado allí. Se me advirtió que iban a engañarme y que me tratarían como a un esclavo. Que la cultura no me sería propicia y que me aburriría hasta las lágrimas. Sin embargo, yo sabía que esa era mi única salida, así que, como siempre hacía cuando tenía que ir a un lugar nuevo, a una cultura diferente de la mía, traté de liberarme de mis prejuicios culturales tuve la intención de probar por sus propios méritos a la sociedad de la que yo sería parte.

Estuve gratamente sorprendido a mi llegada al notar la hospitalidad con la que me encontré y lo amistosos que eran los sauditas. En lugar de la actitud orgullosa y distante, la ética sospechosa y el honor susceptible que yo esperaba, fui bienvenido con calidez, curiosidad y puertas abiertas. Mis anfitriones se esforzaban a su manera por complacerme, un extraño en su tierra. No es que no me haya encontrado con una tajada de hipocresía. Los inmigrantes de Pakistán, Bangladesh y otros países del Lejano Oriente eran muy explotados y tratados de manera injusta, en mi opinión, por parte de la mayoría árabe. Pero no vi esa soberbia cuando aplicaban su sociedad a mí. Sin embargo, no fue su cultura ni su sociedad lo que me atrajo hacia el Islam. De hecho, si hubiera juzgado el Islam por la cultura, me hubiera dirigido en la dirección opuesta, creo. Era otra cosa.

La motivación

El ímpetu o el catalizador que me cambió de ser vagamente religioso a estar completamente sometido a Dios, comenzó con un evento aparentemente insignificante. Caminando por suelo saudita temprano en la mañana por segunda vez (en 24 horas) en el aeropuerto Ha’il, un aeródromo pequeño y rústico en lugar de una terminal atestada de pasajeros, me vi frente a un enorme aviso verde con las palabras “Oficina de Difusión y Orientación Islámicas de Ha’il”, seguidas por el número de teléfono de la oficina, en inglés. Recuerdo haberme sorprendido de que estuviera en inglés, pero no presté mayor atención al aviso.

La camioneta de la universidad llegó y me llevó al campus, donde tuve que registrar mi pasaporte y llenar un formulario de llegada. Luego fui enviado con el jefe del Departamento de Inglés. Cuando entré a su oficina, quedé frente a un hombre en vestido saudí. Pero él no se veía como un árabe, ante mis ojos inexpertos. Él debió sentirse un poco incómodo por mi mirada fija en él, tratando de imaginarme sus orígenes, pero él lo manejó bien. Más tarde, averigüé que él era galés (británico) y se había convertido al Islam en Brunei antes de viajar a Arabia Saudita. Me dijo que yo tenía el resto de la semana para instalarme, lo que significaba que tenía cinco días antes de comenzar oficialmente a enseñar. Fui devuelto con el hombre responsable de recibir al personal y del alojamiento, quien me llevó en la camioneta para que eligiera mis aposentos. Pronto me instalé y hallé que no tenía nada que hacer y cuatro días libres. Entonces, con la memoria del extraño que parecía no ser saudita todavía en mi mente, recordé el aviso en inglés y comencé a pensar en la religión del país.

Ahora bien, yo conocía la Biblia y sabía que la Tora era parte de ella. Había leído algo del libro de los hindúes, el Bhagavad Gita, y también había leído otros libros que no eran escrituras sino libros prácticos de otras religiones, y teorías no religiosas sobre religión. Sin embargo, nunca había leído el Talmud, ni había leído el Libro de los musulmanes, que sabía era llamado el Corán. De alguna manera, siempre tuve la impresión de que estos dos libros estaban “fuera de los límites” para los no judíos y los no musulmanes. Y creía que se encontraban únicamente en los idiomas semíticos, que desconocía. Sin embargo, un aviso en inglés puso en mi mente el pensamiento de que quizás podría hallar una traducción al inglés del Corán árabe en el instituto del anuncio. Quizás esta sería la oportunidad de leerlo y juzgar la fuente de la religión por mí mismo.

Salí de inmediato hacia el centro de la ciudad para buscar el lugar. El centro de Ha’il tenía un edificio de oficinas de seis pisos que ellos llamaban Al Bourj, que significa “la torre”, la única edificación elevada construida en la ciudad. El camino que recorrí pasaba justo frente a la torre, dejándola a la izquierda, y terminando en el mercado del centro. Al lado derecho del camino, frente al Bourj, estaba el mercado de verduras. Donde mi camino y la avenida se cruzaban en el Bourj, encontré el mismo aviso que había visto en el aeropuerto. Estaba convenientemente escrito en una flecha con la punta señalando diagonalmente hacia el otro lado de la calle, pero por más que miré en los frentes de las tiendas, todo estaba escrito en árabe que yo no podía leer, así que no pude hallar mi destino. Las tiendas estaban todas cerradas, ya estaba tarde, así que ni siquiera pude hacer averiguaciones. No tenía idea de cuándo abrirían de nuevo las tiendas, así que decidí regresar a mi nuevo hogar, comprar algunas provisiones, descansar e intentarlo de nuevo por la mañana.

El día siguiente era martes, y fui de nuevo a la ciudad en cuanto desayuné. Por el camino, pasé por varias librerías, y sabiendo lo difícil que había sido encontrar la oficina de difusión, me detuve en cada una de ellas. Ninguna tenía libros en inglés, mucho menos el Corán traducido, y por lo que pude distinguir, ellos me dirigían hacia el Bourj. Esta vez, me paré justo debajo de la flecha y esperé hasta que llegó un policía en motocicleta. Cuando pasó, al otro lado de la calle, le hice señas con las manos para que se acercara. Él dio la vuelta y se detuvo al inicio del mercado de vegetales. Lo llamé y con señas le señalé la flecha, tratando de hacerle saber que quería ir a esa oficina. Él señaló al otro lado de la calle y, como no lograba ubicar el lugar, me señaló el techo de una casa donde había sido instalada una copia del aviso que había visto en el aeropuerto. Me sentí estúpido. ¡Había estado buscando en los avisos frente a las tiendas, y el lugar había estado en mis narices! Al menos, ya tenía al fin mi objetivo y me acerqué a las tiendas debajo de él, donde encontré una librería llena de gente de todo el sureste de Asia y de Oceanía. Me imaginé que era la librería del centro de difusión.

El encuentro

Como dije, la librería estaba llena de gente y tenía libros en muchos idiomas distintos, pero yo era demasiado tímido para preguntar algo por temor a ser malentendido, pues no podía hablar ninguno de sus idiomas. Echándole un vistazo a los anaqueles, no pude ver ningún tomo grueso, y todos los títulos en inglés parecían tratar sobre Jesús o sobre explicaciones de áreas religiosas específicas. Me di cuenta de que había unas escaleras en la parte de atrás, cerca de la caja registradora, que llevaban al segundo piso. El policía me había indicado que las oficinas del Centro de Orientación estaban arriba, así que, con una esperanza vaga de encontrar una sala de lectura o algo similar, subí las escaleras con una sonrisa difícil hacia la gente detrás de la caja en lugar de hablar, debido a que estaba mudo por timidez.

Arriba de las escaleras había un enorme cuarto vacío que parecía un pasillo. Adjunto, encontré un cuarto que tenía una gran mesa en su centro, rodeada de estanterías, pero solo muy pocos libros dispersos –quizás la sala de lectura que esperaba–. Lamentablemente, todos los libros estaban en idiomas que me eran desconocidos. Comencé a perder la esperanza de hallar lo que buscaba por mi cuenta, o de obtenerlo en una tierra que pudiera hablar mi lengua. Por suerte, uno de los empleados de la oficina me encontró y me preguntó qué quería, o qué estaba haciendo allí, o algo así (estaba hablando en su idioma, que yo no entendía). Le respondí en inglés, diciéndole que estaba buscando una copia del Corán para leerlo. Él me indicó que debía esperar mientras él iba a buscar a alguien. Así que esperé, quizás ya venía una solución en camino.

Un hombre alto, barbudo y bien parecido entró en la habitación donde yo esperaba. Más tarde lo conocería como hermano Abu Abdurrahman, mi maestro y mentor, pero en ese momento, el solo era otro “saudita” que podría quizás ayudarme a obtener lo que buscaba. Me preguntó en inglés qué quería, y le dije que quería leer el Corán.

“¿Por qué quieres hacer eso?”, me preguntó.

“Quiero compararlo con la Biblia”, le respondí.

“¿Para qué?”

“Ya sabes, para ver si son parecidos”.

“¿Quieres saber sobre el Islam?”

“Bueno, sí, eso creo”.

“¿Por qué no lees este folleto?”, me dijo mostrándome un folleto que decía¿Quién es Dios? Realmente, no quería conocer la visión musulmana de la teología o la religión. No era eso lo que yo perseguía. Quería mirar su escritura, para ver si se comparaba a lo que está en la Biblia.

“No. En realidad, no quiero leer sobre el Islam. Lo que quiero es su libro”, le dije.

“¿De verdad? Es mejor si aprendes algo más sobre la religión antes”, intentó persuadirme.

“No estoy interesado en la religión per se“, le dije, tratando de no sonar ofensivo, “yo solo quiero leer su libro”.

“El libro no es un juego”, me dijo.

“No estoy jugando”, le dije. “Estoy seriamente interesado en saber lo que dice”.

“Está bien, veré qué puedo hacer”, me dijo. Le agradecí y él salió de la habitación.

Fuente: Tomado con alguna modificaciones editoriales de www.islamreligion.com

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