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Una vida en búsqueda. Parte 1: Cómo llegue a las puertas del Islam

Una vida en búsqueda. Parte 1: Cómo llegue a las puertas del Islam

Una vida en búsqueda. Parte 1: Cómo llegue a las puertas del Islam

Una vida en búsqueda. Parte 1: Cómo llegue a las puertas del Islam

Autor: Donald W. Flood

Antes creía que mi educación me había ofrecido una forma de vida excelente, en especial porque me sentía satisfecho tanto mental como físicamente. Siendo joven, llevé una vida de estadounidense promedio, con un estilo de vida muy hedonista; era aficionado a la música, las atmósferas festivas, las mujeres, los deportes, los viajes, la comida étnica y los idiomas extranjeros. Sin embargo, llegué a un punto en el que me sentía en “bancarrota espiritual” y me pregunté: “¿Y ahora, qué?” Y pensé: “¡Tiene que haber más en la vida que esto!” Esta toma de conciencia fue el impulso que me llevó a buscar la verdad a través de diversas formas.

Asumí que la razón por la que me sentía insatisfecho espiritualmente, tenía que ver con mi estilo de vida en los Estados Unidos, que a menudo estaba atada a la gratificación instantánea y el comportamiento impulsivo. Como resultado, especulé que la respuesta podía estar en hallar un mejor ambiente. Así que comencé a buscar ese lugar ideal. Después de viajar a numerosos sitios, descubrí que no existía el lugar perfecto que estaba buscando, sino una cultura particular con el enfoque más adecuado hacia la vida. Cuando encontré lo que consideraba era la cultura más adecuada, me di cuenta que de todos modos tenía defectos. A partir de entonces, supuse que debemos aprender sobre las diferentes formas de vivir que tiene la gente, y luego elegir sus mejores prácticas. Esto fue quizás lo que me puso en mi camino en búsqueda de la verdad.

Incapaz de aplicar realmente la vida de un ciudadano del mundo, decidí leer sobre metafísica, puesto que las cosas esotéricas en la vida siempre me intrigaron. Aprendí muy pronto que todo funciona de acuerdo a leyes universales que pueden ser utilizadas para el beneficio propio. Después de leer muchos libros sobre este tema, concluí que más importante aún que esas leyes es Aquel que las creó, es decir, Dios. También descubrí que la metafísica puede ser un camino precario a seguir, por lo que me abstuve de seguir leyendo cualquier cosa sobre la materia.

Por sugerencia de un buen amigo, nos fuimos en un viaje de acampada por tres meses por todo Estados Unidos y Canadá occidental, con la intención de descubrir el propósito de la vida. Observamos las maravillas de la naturaleza y nos dimos cuenta de que este mundo no pudo haber sido creado por error ni azar, y que ello es claramente una de las señales maravillosas que apuntan hacia su Creador. Por lo tanto, ese viaje reforzó mi creencia en Dios.

Después de regresar a casa me sentía angustiado por la vida ajetreada de la ciudad, así que recurría a la meditación en busca de alivio. Logré hallar paz interior a través de las técnicas de la meditación. Sin embargo, este sentimiento de tranquilidad era solo temporal; en cuanto me ponía de pie, no podía mantener dicha sensación conmigo. Del mismo modo, ser coherente con la meditación se convirtió en una tarea en extremo difícil, por lo que poco a poco fui perdiendo el interés en ella.

En poco tiempo, pensé que la verdad podía estar en la autoayuda. Por lo tanto, me convertí en un lector voraz de material motivacional, y asistía a seminarios del tema. Además, me esforzaba por vivir según el lema del ejército estadounidense en los comerciales de televisión: “Sé todo lo que puedes ser”, a través de cosas como caminar sobre el fuego, el paracaidismo y las artes marciales. Gracias a mis lecturas y mis hazañas difíciles, gané un agudo sentido de confianza en mí mismo, pero de hecho, aún no había descubierto la verdad.

Poco después leí muchos libros sobre diferentes filosofías. Encontré muchos conceptos y prácticas interesantes, pero no había ninguna filosofía en particular con la que pudiera estar totalmente de acuerdo. Entonces, opté por consolidar lo que creía era la mayor sabiduría de cada una de esas doctrinas. Esto se convirtió en una suerte de “religión a la carta” que subrayaba principalmente el buen comportamiento moral. Finalmente, llegué a la conclusión de que una moral recta es buena, pero no es lo suficientemente buena para resolver “el rompecabezas del propósito de la vida”, que era un enfoque más espiritual de la vida.

Luego obtuve un trabajo en un país musulmán, donde tuve suficiente tiempo libre para leer y reflexionar sobre la vida. Mientras continuaba mi búsqueda por la verdad, encontré una recomendación en un libro acerca de la necesidad de arrepentirse con sinceridad ante Dios. Procedí a hacerlo y sentí remordimiento por todas las personas a las que había perjudicado en mi vida, al punto de que las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.

Unos cuantos días después, tuve una conversación con algunos amigos musulmanes. Les mencioné que solía tener mucha más libertad en los Estados Unidos de la que había en su país. Una persona me dijo: “Bueno, eso depende de lo que entiendas por ‘libertad’. En tu parte del mundo, no importa cuán bien críen moralmente los padres a sus hijos en el hogar, tan pronto como estos salen se encuentran generalmente con una sociedad en contradicción con dicha moral. Por otra parte, en la mayoría de las comunidades musulmanes, la moral que se les enseña a los hijos en el hogar es muy similar a la que ellos encuentran lejos de casa. Entonces, ¿quién tiene verdadera libertad?” A partir de esta analogía, deduje que las directrices y restricciones islámicas que sancionan parcialmente el comportamiento humano, no están hechas para coartar la libertad humana, sino que más bien sirven para definir y dignificar la libertad humana.

Una nueva oportunidad de aprender sobre el Islam surgió cuando fui invitado a cenar con un grupo de musulmanes. Después de mencionarle al grupo que yo había vivido en Las Vegas, Nevada, antes de viajar a Oriente Medio, un musulmán estadounidense me dijo: “Debes asegurarte de morir siendo un buen musulmán”. De inmediato le pedí que me explicara qué quería decir con eso. Me dijo: “Si mueres sin ser musulmán, es como jugar la ruleta poniendo todas tus fichas (toda tu vida, incluyendo tus obras y tu creencia particular en Dios) en un único número, esperando que quizás, por Misericordia Divina, entrarás al Paraíso en el Día del Juicio. En contraste, si mueres siendo un buen musulmán, es como distribuir tus fichas por todo el tablero de la ruleta, así que todos los números quedan cubiertos, y no importa en qué número caiga la balota, estás asegurado. En otras palabras, vivir y morir siendo un buen musulmán es el mejor seguro para no ir al Infierno, y al mismo tiempo, es la mejor garantía de que irás al Paraíso”. Como antiguo residente de Las Vegas, pude relacionarme directamente con esta alegoría del juego de la ruleta.

En ese momento entendí que no iba a encontrar la verdad hasta que comenzara a concentrarme en aquellas religiones en las que Dios había enviado revelaciones a Sus profetas y mensajeros. Por lo tanto, decidí continuar mi búsqueda de la verdad a través del cristianismo y del Islam.

Lee la segunda parte de este artículo haciendo click aqui

Fuente: http://www.islamreligion.com/es/articles/1871/

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