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El nacimiento bendito de un noble Profeta

El nacimiento e infancia del Profeta, que la paz sea con él, estuvo llena de enseñanzas que le prepararon para su noble tarea

El nacimiento e infancia del Profeta, que la paz sea con él, estuvo llena de enseñanzas que le prepararon para su noble tarea

Por: Tariq Ramadan

En su influyente y aurotitavia obra sobre la vida del Profeta Muhammad, la paz sea con él, Ibn Hisham, quien autor del primer relato de la vida del Profeta Muhammad, que nos ha llegado como As-Seerah An-Nabawiyah (La vida del profeta), nos informa que Ibn Ishaq ha establecido clara y precisamente la fecha de nacimiento del Profeta:

“El Mensajero, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él, nació un lunes, en la duodécima noche de Rabi`Awwal, en el año del elefante”.

Otras transmisiones mencionan otros meses del año, pero a lo largo de la historia ha habido una amplia aceptación de esta fecha entre los académicos y dentro de las comunidades musulmanas. Siendo el calendario musulmán lunar, es difícil determinar exactamente el mes solar de su nacimiento, pero el “año del elefante” al que se refiere Ibn Ishaq corresponde al 570 CE.

Un nacimiento noble, un origen noble

El último profeta nació en una de las familias nobles de la Meca, Banu Hashim, que gozaba de gran respeto entre todos los clanes de la Meca y sus alrededores. Esta noble ascendencia está mezclada con una historia personal particularmente dolorosa y debilitante. Su madre, Aminah, tenía solo dos meses de embarazo cuando su padre, Abdullah, murió durante un viaje a Yathrib, al norte de Makkah.

Al no tener padre al nacer, el joven Muhammad vivió con la tensión de este estado dual implícito en la Meca: por un lado una respetable ascendencia, por otro lado, la precariedad de no tener padre.

Ibn Ishaq informa que el nombre de Muhammad, bastante desconocido en ese momento en la Península Arábiga, llegó a su madre en una visión mientras aún estaba embarazada. (Ibn Hisham, As-Seerah An-Nabawiyah)

También se dice que esta misma visión le anunció el nacimiento del “señor de esta nación” (sayyid hadhihi al-ummah); de acuerdo con la visión, cuando él nació ella debía decir las palabras “Lo coloco bajo la protección del Uno (Al-Wahid) contra la traición de los envidiosos”.

Dividida entre su dolor por la muerte de su marido y la alegría de recibir a su hijo, Aminah dijo de forma repetida que extraños signos habían acompañado la gestación, y luego el parto extraordinariamente fácil de su hijo.

El desierto

Aminah pronto se dio cuenta de que era la madre de un niño excepcional. Este sentimiento are compartido por el abuelo de Muhammad, ‘Abdul-Muttalib, quien asumió responsabilidad sobre él después de su nacimiento. En la Meca, se acostumbraba confiar a los bebés a madres de leche de las tribus beduinas nómadas que vivían en el desierto cercano.

Debido a que no tenía padre, una mujer tras otra se negó a cuidar de él, temiendo que su estatus ambiguo no les trajera beneficios. Halimah, que había llegado la última porque su montura estaba cansada, decidió con su esposo que era mejor que se llevaran al niño, aunque era un huérfano, que arriesgarse a que su tribu se burlara de ellos cuando regresaran a casa. Por lo tanto, regresaron con el bebe, Muhammad, y Halimah, al igual que Aminah, cuenta muchas señales que la llevaron a ella y a su esposo a pensar que este niño parecía bendecido.

Durante cuatro años, el huérfano fue atendido por Halimah y vivió con los beduinos de Banu Sa’d en el desierto árabe. Compartía la vida de los nómadas en el ambiente natural más árido y difícil, rodeado por horizontes que recordaban la fragilidad del ser humano y estimulaban la contemplación y la soledad.

Aunque aún no lo sabía, MUhammad estaba pasando por las primeras pruebas ordenadas para él por el Uno, que lo había elegido como mensajero y, por el momento, era su Educador, su Rabb (Señor).

¿Por qué huérfano?

El Corán recordaría más tarde su situación particular como huérfano, así como las enseñanzas espirituales asociadas con la experiencia de la vida en el desierto:

¿Acaso no te halló huérfano y te amparó? ¿Y no te halló perdido y te guió? ¿Y no te halló pobre y te enriqueció? Por eso, no abuses del huérfano. Ni ahuyentes al mendigo. Y habla del favor que tu Señor te ha dado. (La claridad de la mañana, 93:6-11)

Esos versículos del Corán llevan varias enseñanzas: ser huérfano y pobre en realidad era un estado iniciático para el futuro Mensajero de Dios, por al menos dos razones. La primera enseñanza es, obviamente, la vulnerabilidad y la humildad que naturalmente debió de haber sentido desde su primera infancia.

Este estado se intensificó cuando su madre, Aminah, murió cuando Muhammad tenía seis años. Esto lo dejó totalmente dependiente de Dios, pero también fue una medicina para las personas más desvalidas. El Corán le recuerda que nunca debe olvidar esto a lo largo de su vida y particularmente durante su misión profética. Quedó huérfano y pobre, y por esa razón se le recuerda y le ordena que nunca abandone a los desfavorecidos y necesitados.

Considerando la naturaleza ejemplar de la experiencia profética, la segunda enseñanza espiritual que emana de estos versos es válida para cada ser humano: nunca olvidar el pasado, las pruebas, el entorno y el origen de una persona, y convertir la experiencia en una enseñanza positiva para uno mismo y para otros.

El pasado de Muhammad, le recuerda el Uno, es una escuela de la que debe extraer conocimientos útiles, prácticos y concretos para beneficiar a aquellos cuyas vidas y dificultades ha compartido, ya que él sabe por su propia experiencia, mejor que nadie, lo que sienten.


Fuente: Extracto del libro “Tras los pasos del profeta: Lecciones de la vida de Muhammad”. Oxford University Press (2007), del mismo autor

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