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La ciencia encuentra a Dios (1/2)

La ciencia encuentra a Dios (1/2)

para un número creciente de científicos, esos mismos descubrimientos ofrecen apoyo espiritual y las pistas para vislumbrar a Dios

para un número creciente de científicos, esos mismos descubrimientos ofrecen apoyo espiritual y las pistas para vislumbrar a Dios

Por Sharon Begley

Los logros alcanzados por la ciencia moderna parecen contradecir la religión y minar la fe. Pero para un número creciente de científicos, esos mismos descubrimientos ofrecen apoyo espiritual y las pistas para vislumbrar a Dios.

Cuanto más profundo es el conocimiento de los científicos de los secretos del universo, uno esperaría que mayor fuese la lejanía de Dios de sus mentes y corazones.

Pero no fue así para Allan Sandage. Ahora algo mayor y con el pelo ya blanco, habiendo cumplido 72, Sandage ha pasado toda su vida profesional buscando secretos en las estrellas, mirando por un telescopio desde Chile a California esperando descubrir nada más y nada menos que lo orígenes del universo. Igual que cualquier otro astrónomo del siglo XX Sandage se dio cuenta: su observación de estrellas lejanas le enseñó que el universo se extiende muy rápidamente y que cómo de viejo es (unos 15.000 años).

Pero mientras descubría todo esto a Sandage, quien dice haber sido de niño “casi un ateísta practicante”, le abordaban misteriosas preguntas cuyas respuestas no se encontraban el brillar de las supernovas. Entre otras: ¿Por qué existe algo en vez de nada?

Sandage se empezó a desesperar de intentar responder estas preguntas solo con la razón, por lo que, llegado a los 50, decidió aceptar a Dios. “Fue mi ciencia la que me llevo a la conclusión de que el mundo es mucho más complicado que lo que puede explicar la ciencia”, dice Sandage “Es solo a través de lo sobrenatural que puedo entender el misterio de la existencia”.

Algo sorprendente está sucediendo con estos dos viejos caballos de batalla.

Históricamente siempre han alternado entre el apoyo mutuo y la enemistad más fiera. A pesar de que la matrona de la doctrina trajo a la luz el nacimiento del método experimental hace siglos, la razón y la fe pronto tomaron caminos diferentes.

Galileo, Darwin y otros cuya investigación desafiaba los dogmas de la iglesia fueron tratados como herejes y la forma educada de reconciliar ambas era que cada una se encargase de lo suyo: la ciencia preguntaría, y respondería, cuestiones empíricas como “qué” y “cómo”; la religión se encargaría de devenir espiritual con el “por qué”.

Pero a medida que la ciencia ganaba autoridad con el principio de la Ilustración, este pacto se rompió. Algunas de las mentes más brillantes descartaron a Dios como una hipótesis innecesaria, algo que no necesitaban para explicar el origen de las galaxias o cómo la vida se había desarrollado de forma tan compleja.

Dado que el nacimiento del universo podía explicarse usando solo las leyes de la física, el astrónomo y ateísta Carl Sagan concluyó que “no había tarea que hacer para Dios” y que toda persona que pensase estaba forzada e aceptar “la ausencia de Dios”. Hoy en día la comunidad científica desprecia tanto a la fe, dice Sandage, “que hay mucha renuncia a revelarse como un creyente, dado que el oprobio de muy grande”.

Algunos clérigos no son más tolerantes que los científicos. A un compañero investigador y amigo de Sandage un cura le dijo: “A menos que aceptes y creas que la tierra y el universo tiene seis mil años (como sugiere una lectura literal de la Biblia) no puedes ser cristiano. No es ninguna sorpresa que algunos entre la gente de fe estés resentidos con la ciencia; al reducir el milagro de la vida a una serie de reacciones bioquímicas, al explicar la Creación con un accidente en el espacio-tiempo, la ciencia parece minar la creencia, dejar la existencia sin sentido y robar al mundo el anhelo espiritual.

Pero ahora “la teología y la ciencia están iniciando una nueva relación” dice el físico que ahora es teólogo Robert John Russell, quien en 1981 fundó el Centro para la Teología y las Ciencia Naturales en la Unión Teológica de graduados de Berkley.

En vez de minar la fe y el sentido espiritual, los descubrimiento científicos ofrecen un apoyo para esta, o al menos así es como lo ve la gente de creencia. La teoría del Big Bang, por ejemplo, que una vez se entendió como que no dejaba lugar al creador, ahora muchos científicos creen que implica que hay un diseño y propósito en el universo. La evolución, dice algunos teólogos cristianos, provee evidencia sobre la naturaleza de Dios. Y la teoría del Caos, que describe procesos tan mundanos como la formación de la meteorología o el goteo de los grifos, es interpretada como una de las formas de actuar de Dios en el mundo.

De Georgetown a Berkeley, teólogos que abrazan la ciencia y científicos que no pueden soportar el vacío de la ciencia empírica, están estableciendo institutos que integran a ambas. Libros como “Ciencia y teología: la nueva consonancia” y “La creencia en Dios en la época de la ciencia” son best-sellers. Un simposio organizado en Junio titulado “La ciencia y la búsqueda espiritual”, organizado por la CTNS de Russell, atrajo a más de 320 participantes pagando y 33 conferenciantes y un documental de la PBS sobre ciencia y religión saldrá a la luz este otoño.

En 1977 el ganador del Premio Nobel, Steven Weinberg, de la universidad de Texas, lanzó una famosa nota de desesperación: “Cuanto más entendible se ha hecho el universo a través de la cosmología más sin sentido parece”. Pero ahora, la misma ciencia que ‘eliminó’ a Dios lo está volviendo a encontrar.

Físicos han encontrado signos de que el cosmos está hecho a medida para la vida y la consciencia. Resulta que si las constantes de la naturaleza –potencias que no cambian como la fuerza de la gravedad, la carga de un electrón o la masa de un protón- fuesen diferentes en lo más mínimo, entonces lo átomos no se mantendrían juntos, las estrellas no serían incandescentes y la vida nunca hubiese aparecido.

“Cuando te das cuenta de que las leyes de la naturaleza deben de estar afinadas de una forma increíblemente precisa para que surja el universo que conocemos” dice John Polkinghorne, quien teniendo una distinguida carrera como físico en la Universidad de Cambridge se hizo pastor anglicano en 1982, “eso hace que surja la idea necesaria de que el universo no ‘simplemente’ ocurrió, sino que tiene que haber un propósito tras él”.

Charles Townes, quien tiene comparte el Premio Nobel de 1964 de física por descubrir los fundamentos del láser va más allá: “Muchos tienes la impresión y creencia de que de alguna manera hay una inteligencia envuelta en las leyes del universo”.

A pesar de que el mismo razonamiento de la ciencia muchas veces parece un enemigo de lo espiritual, en esto también una nueva lectura puede apoyar más que descartar la creencia. Desde el tiempo de Isaac Newton la ciencia ha tenido un mensaje claro: el mundo sigue reglas, reglas que son fundamentalmente matemáticas, reglas que el hombre puede descifrar. Los humanos inventan matemáticas abstractas, básicamente sacándolas de la imaginación, pero de forma mágica la matemáticas acaban describiendo el mundo. Los matemáticos griegos, por ejemplo, dividieron el círculo por su diámetro y obtuvieron el número 3.14159… El número Pi que aparece en ecuaciones que describen partículas subatómicas, la luz y otras cantidades que no tiene ninguna conexión obvia con un círculo.

Esto apunta a, según Polkinghorne, “un asunto muy profundo en la naturaleza del universo”, esto es que nuestras cabezas, que inventan las matemáticas, se ajustan a la realidad del cosmos. Estamos, de alguna manera, en harmonía con sus realidades.

Dado que el pensamiento puro puede penetrar en algunos de los misterios del universo “esto parece decirnos que algo de la consciencia humana está en armonía con Dios” dice Carl Feit, un biólogo del cáncer de la universidad de Yeshiva en Nueva York y erudito del Talmud.

Para muchos de los creyentes una sensación de lo divino como una presencia detrás del mundo visible es algo normal y bueno, pero lo que realmente anhelan es un Dios que actúa en el mundo. Algunos científicos ven la posibilidad de que esto sea así en el nivel subatómico o la ciencia cuántica.

En esta desconocido mundo el comportamiento de las partículas en impredecible. En uno de los más famosos ejemplos un elemento radiactivo puede tener media vida de, digamos, una hora. Media vida significa que la mitad de los átomos en una muestra morirán en ese tiempo; a otra mitad no. Pero ¿Qué pasa si solo tiene un átomo? Entonces en una hora tiene el 50% de posibilidades de que muera y el otro cincuenta de que no. Y ¿Qué pasaría si el experimento fuese que si muere desencadene un gas venenoso? Si ese es el caso y tuviese un gato en el laboratorio ¿estaría el gato vivo o muerto después de esa hora?

Los físicos han descubierto que no hay forma de determinar, incluso como hipótesis, lo que hará el átomo. Algunos teólogo-científicos ven ese momento decisivo -¿decaerá el átomo o no? ¿Morirá el gato o no?- como aquel en el que Dios pude actuar. “La mecánica cuántica no permite pensar sobre la intervención divina” dice Russell. Incluso mejor, dado que la mayoría de los científico rechazan lo milagros, Dios actúa sin violar las leyes físicas.

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Artículo publicado por Thw Washington Post y traducido con algunas modificaciones editoriales por Truth-Seeker.info: http://www.washingtonpost.com/wp-srv/newsweek/science_of_god/scienceofgod.htm

 

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